EL ALJIBE

A que no sabés que los gatos caen siempre parados, me dijo José Eduardo aquella mañana junto a la boca del aljibe.
Pasábamos los veranos junto a Carlos en los campos de la tía Muñeca, en el vasto sur de la provincia, teníamos diez años y parecía que la vida no acababa.
El aljibe era un pozo calzado en desuso. Ahora brillaba en las tinieblas de abajo un tenue resplandor de agua. Escuchamos el ruido de la piedrecilla hacer contacto con el piso luego de un perentorio viaje. La cabeza de un gato hace más ruido, acotó como al descuido, con la mirada perdida en el fondo.
Caen parados, me dijiste, nunca de cabeza, corregí.
Eso si no le atas las patas, expuso con su sonrisa artera.

Muchos años desapués nos reencontramos en una larga noche de velatorio. Del otro lado del féretro, con la mirada perdida en el rostro del hermano fallecido trágicamente, me confesó quién tiraba los gatos atados en el sórdido agujero.
Carlos se había apagado esa mañana luego de una imperiosa agonía de dos semanas.
Estábamos reparando el techo del galpón- explicó- cayó y se destrozó el cráneo. -Que infortunio – razoné- el galpón apenas tiene dos metros de altura, mirá que justo dar con la cabeza…
Es que se le enredaron los piés con la soga del andamio, señaló con la mirada perdida en el fondo del ataúd.
Como los gatos que arrojaba al aljibe – añadió con la sonrisa de los diez años.

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