CIVILIZACION Y BARBARIE

Cierta vez, en el marco de una fiesta de aristocracia militar, en una rueda de hombres un joven, observando para todos lados con mirada cómplice, dijo que “si no hay damas en derredor, les voy a contar un cuento”

A lo que un atildado señor mayor respondió.

– es verdad, joven, no hay damas, hay caballeros.

 

El trabajo en los medios de comunicación brinda al profesional del caso, tantos beneficios como problemas.

Todo se magnifica en nuestro diario circular por las avenidas de la información, como se magnifica la buena o deficiente voz detrás de un micrófono.

Este faena da la posibilidad de relacionarse con gente que, desde otras áreas, seria difícil entablar dialogo, tanto en las altas esferas del poder, como en los bajos fondos y el barro.  

El periodismo abre puertas circunstanciales, como así también las cierra definitivamente cuando las opiniones son de índole perjudicial para algunos intereses.

No obstante la impunidad que esta profesión da, de meterse en las oficinas públicas casi sin pedir permiso, nuestro perfil, por una cuestión de ética personal,  siempre ha sido bajo, respetando los tiempos y la intimidad del otro, aunque sepamos zapatear ante el poder cuando esto se hace necesario.

Este perfil de dialogo y recato, es muchas veces confundido por personas las cuales gozan de formación pero no educación.

Es que la era que estamos transitando términos como  “gracias” “perdón” “buen día o buenas tardes”  son vocablos que han quedado anquilosados con el correr de la presunta civilización ante la barbarie cotidiana.

En estas horas concurrí a una oficina publica a entregar al jefe de la misma, un ejemplar de la revista que edito.

Como me une cierta amistad con el susodicho,  no se hubiera visto mal que avanzara con paso decidido hasta su oficina, mucho mas teniendo en cuenta que no había persona alguna aguardándole.

Ingresé en la sala de estar con el correspondiente “buenos días” saludo que no fue respondido por las dos personas mayores (damas ellas) que conversaban animadamente en la mesa de entradas.

Tipo Gasalla…

Como me pareció que la charla era lo suficientemente íntima como para interrumpir, procedí a aguardar, como corresponde a un caballero que se precie.

Total que perdí 10 minutos de mi valioso tiempo y ninguna de las dos matronas se dignó a preguntarme que se me ofrecía.

Cómo me acordé de aquella anécdota en el circulo militar.

Porque en esta oficina,  tampoco había damas.

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